Digo esto con la resaca de las elecciones generales y con los resultados del escrutinio en mis manos. Y leo: PACMA -conocido partido anti- más de 100.000 votos para el Congreso en el total de España, 1.218 de ellos en la provincia de Castellón. Sé que a más de uno le parecerán cifras insignificantes, y cierto es que en ambos casos sólo representan el 0'41%, pero ahí quedan.
Los votos taurinos, de existir, se ‘perdieron' en las urnas el 20N. Y digo de existir porque ningún partido dijo ‘Sí a los toros' con la boca grande y sólo uno incluyó la palabra ‘tauromaquia' y su defensa en su programa electoral. Por ello, no me atrevo a afirmar que alguien dio su voto pensando en el bien de la fiesta y no en el suyo propio o, mejor dicho, en el de su ideología.
La unidad de los aficionados bajo unas siglas parece utópica. Ya lo dijo días antes de los últimos comicios el maestro Jose Mari Manzanares: "Que no se utilice el arte de la tauromaquia como arma política". Y es que la fiesta no entiende de siglas ni se viste del color de ninguna formación, porque nunca tuvo siglas ni colores, más allá de los suyos propios.
Señas de identidad que surgieron, al igual que los festejos taurinos actuales, a pie de calle. Así lo acredita una historia que unos desconocen y otros prefieren ignorar. Flaco favor para la fiesta estar nutrida de aficionados que presumen de ver el toro desde los tendidos pero reniegan de aquellos que lo hacen desde un cadafal y viceversa.
Un mirarse el ombligo al que el propio sistema democrático, aquel que nació del pueblo en la Grecia antigua al igual que los primeros juegos con los toros, les ha obligado a estrecharse la mano tras darle un revés a la fiesta. Tan sólo la imposición de una dictadura taurina en Cataluña, propiciada por el pueblo, sí pero el contrario a los festejos, y los votos de aquellos a los que se vota en las urnas, está consiguiendo solucionar las desavenencias de casa. La fuerza ahorca.
Con la soga al cuello, los taurinos aúnan recursos ante un movimiento donde sus firmas, las de los de calle y los de plaza, comparten pliegos en pro de la tauromaquia pero, por encima de todo, en pro de la libertad. Y mientras se lucha por esa protección nacional, los municipios blindan sus festejos como Patrimonio Cultural Inmaterial, por si las moscas, a modo de repúblicas independientes.
Una revolución taurina que llega tarde pero llega. Con papeletas o sin ellas, la voz de los taurinos se aúna más allá que para gritar un Olé o pedir la oreja. No hay mal que por bien no venga.
*Artículo publicado en el Anuario Taurino 2011 de la provincia de Castellón "Bou per la Vila"