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Otros días vendrán

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10/02/2012 17:23
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Hay días en que uno no está para nada y ayer, 9 de febrero de 2012, fue uno de ellos. Lo que sucede es que a fuerza de repetirse y cada vez en menor lapso de tiempo y por circunstancias muy diversas (aunque todas o la mayoría ligadas con el ser humano, sus miserias y grandezas, íntimas o ajenas) uno ya tiene activados los mecanismos de defensa y se viene arriba.

Así, ha bastado con leer buenas nuevas respecto a la Feria de Sevilla, con el añadido de las negociaciones con José Tomás, para que el corazón de aficionado se acelere y encuentre motivos para una relativa, quizás momentánea, felicidad.

Y me ha venido a la memoria (ratificada por la pertinente consulta) lo sucedido en la plaza de Santander el 26 de junio de 1913. Ese día se lidiaron, en la llamada corrida monstruo, 18 toros en tres festejos continuados de mañana, tarde y noche. A los tres asistió un adolescente de nombre Gerardo Diego que luego fue el más taurino de la Generación del 27 (con permiso de Bergamín, claro). Al recordarlo años más tarde, el autor de La suerte o la muerte. Poema del toreo decía: "Nos quedamos pidiendo los sobreros", a lo que añadió, cuando le preguntaron cómo había podido aguantar tantas faenas consecutivas: "Así debían ser todos los día de la vida".

Hartos de tanto negativismo, el toreo se nos aparece como asidero de ilusiones

Hartos como estamos de tanto y por tanto, en el aluvión de negativismos varios con que nos bombardean (metafóricamente, que en otros lugares las bombas son de verdad) desde los distintos -pero hermanados- poderes, el toreo, pese a todo, se nos aparece como asidero de ilusiones y, entre ellas y la que más, su desnuda verdad, su propuesta por trasnochada más viva que nunca, valga la paradoja.

Más allá de mezquindades, oportunismos y, también, justas reivindicaciones, la llamada Fiesta -aunque Aute prefiera otros términos- lo es por algo. Y es Fiesta porque a la vez puede ser tragedia, como también es cruel pues cruel es la vida. Y en esa celebración ritual nos reconocemos, gozamos, sufrimos y a sus oficiantes, torero y toro, rendimos tributo de admiración, incluso cuando a uno le afeamos sus torpezas y al otro sus limitaciones.

La contemplación de un lance estremecedor compensa cualquier penuria

El aficionado ve pasar el invierno con la mirada puesta en la primavera, cuando la temporada se abre en esplendor. En tiempo de crisis se anuncian recortes mil y el primero en sufrirlo es su bolsillo. Si hace casi un siglo había quien empeñaba el colchón para ver a las figuras de la época, precisamente Edad de oro del toreo moderno, hoy, con una oferta de ocio infinitamente mayor y penurias varias, no resulta fácil la opción de pasar por taquilla y acomodarse (sic) en la dura piedra del tendido. Pero todos sabemos, incluso quienes lo niegan, que la sola contemplación de un lance estremecedor compensa cualquier penuria del cuerpo y del alma.

Los ruedos de Iberia han permanecido sólos y en silencio desde que San Lucas en Jaén puso el fin, hasta las primerizas ferias de la serranía madrileña. Aguardan Castellón -torista, anuncian-, Valencia G-5. Llega Sevilla, vendrá Madrid (no Barcelona ¡ay!) , el Levante, el Norte, el Sur, Extremadura, Castilla, Aragón, una piel de toro abierta a tardes de luces y sombras, jarana y silencios.

¡Que se abran las plazas!, que empiece, otra vez, la Fiesta.
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