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La demagogia del toro

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19/01/2012 10:54
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Ahora que anda el patio revuelto con lo de los derechos televisivos, se propala la especie del torismo como alternativa. Vamos mal. Se parte de un error de base: el nombre  hace la cosa. Si entendemos como nombre el del hierro ganadero y como cosa trapío y bravura, el enunciado carece de fundamento.

A tal absurdo contribuyen todos: ganaderos, toreros, apoderados, empresarios, crítica y afición. Los ganaderos se ufanan del "producto": Unos lo venden como el no va más de la nobleza, las hechuras pa embestir y la casta justa y necesaria pero no más allá, por aquello de no molestar. Otros, amparados en nombres de leyenda, supuesta bravura fiera y aparatoso volumen y cornamenta, consiguen un hueco en según donde.

Los primeros gozan del favor de los matadores de élite, lo que les pone en permanente sospecha y los segundos quedan para el resto de un escalafón que a duras penas saca cabeza. Los apoderados, por su parte, conducen la carrera de sus poderdantes con un criterio tan paternalista como conservador, tanto que en demasiadas ocasiones perjudican a quien le paga el porcentaje. Algunos de esos apoderados son a la vez empresarios y ahí ya el conflicto de intereses se convierte en galimatías.

Lo de la crítica (taurina) tiene delito, con perdón. Pero no de ahora, quede claro. Felizmente superado el sobre de antaño, el crítico -que palabra más fea, sentenció en su día el Faraón- pelea ahora tanto por encontrar un hueco en su correspondiente medio como por expresarse con la más objetiva de las subjetividades posibles y  viceversa.

Todos proclaman su independencia pero todos son (somos) deudores de filias y fobias y, más aún, de lo que el lector o el oyente espera. Ahí también juega un papel determinante la cabecera periodística que le de cobijo, que  otorga una imperceptible pátina. Y quedan los aficionados, ese ente que todos nos empeñamos en diferenciar del público aunque no sé yo...

Si convenimos que el aficionado es aquel que no sólo asiste a los cosos con la regularidad que su bolsillo le permita sino que también se documenta y es amante de tertulias con otros afines,  su papel, aunque él piense lo contrario, no parece ir mucho más allá de ser garante de una fidelización clientelar. El público, mayoritario siempre, es casi por definición, manipulable y voluble.

Por eso y volviendo al inicio, hablar de plan B torista para superar los escollos en la confección de los carteles de Fallas, algo así como un aviso para navegantes, se me antoja tan disparatado como demagógico. Y es que, además, incide en un juego peligroso, como es el seguir con esas diferenciaciones a las que he aludido. La profunda crisis de valores éticos, estéticos y técnicos en que se encuentra sumido el espectáculo taurino, la dimensión de sus múltiples problemáticas internas, no se puede resumir en el fácil reduccionismo del toro así para unos y el toro asá para otros.

Entre otras cosas, porque  esos lugares comunes aceptados por unos y otros como inamovible dogma de fe no son más que losas y diques para un Fiesta viva.

Al fin y al cabo, todo se reduce al desafío de un hombre ante una bestia. Y para que aquel alcance la categoría de héroe (que eso es en el imaginario de todos ) ésta debe mostrarse en plenitud, lejos de manipulaciones (al alza o a la baja). Con esa conjunción y salvo que la economía (y la política, claro) disponga lo contrario, el presente y el futuro del toreo están asegurados. O no.

 

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